Era su primer día, el primero de 40 años, suponía, dedicándose a lo mismo. Todos los años de trabajo y estudio hasta las 4 o las 5 de la mañana, superando el "Hablar por hablar" diario le habían hecho sentirse con derecho a la felicidad.
No era una experiencia normal, era la sensación del trabajo bien hecho, de la recompensa ganada, de un futuro prometedor.
Pero lo primero que se encontró este joven imberbe al llegar a su puesto fue a un hombre de 85 años que acababa de caer por una escalera y estaba inconsciente, y sangrando tanto que el café que llevaba en el estómago pedía a gritos salir.
La idea de la felicidad de ahora en adelante se truncaba, el inicio era revelador: la muerte iba a estar acompañando al nuevo médico a lo largo de su vida; el camino no sería tan alegre, las flores a veces se marchitarían, y la hoz haría acto de presencia más de lo que el arco iris que tenía en su cabeza le dejaba ver. Ahora el velo se había descubierto.
Bienvenido a la vida adulta, le dijo su jefe mientras le daba un pañuelo para limpiarse las lágrimas. Bienvenido.

1 comentario:
Esta experiencia es comparable a la primera de un tal Terry Pratchett cuando empezó a trabajar para un periódico. Muy bueno.
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